“El Affaire Bad Bunny es un ensamble donde se amalgaman y coexisten orientaciones políticas, ideologías, sensibilidades e intensidades contradictorias. Se generan líneas de fuga que desterritorializan el espectáculo y hay instancias industriales y de otros tipos que las reterritorializan“
Bad Bunny ¿Guerrero Cultural?
Si y no.
¿Ó Bad Bunny Imperialista Cultural Inverso?
No.
¿Ó Bad Bunny peón corporativo y mercancía de las industrias culturales?
Si.
¿Ó Bad Bunny reciclador de clichés y estereotipos esencializantes de la “latinidad”?
Si.
Vamos a barajearla más despacio. El concepto de Guerra Cultural fue popularizado en 1991 por el sociólogo de centro-derecha James Davison Hunter. Al año siguiente el ultraderechista precandidato republicano Pat Buchanan lo puso en el centro de su plataforma política como una alarma de que los demócratas liberales y los movimientos multiculturalistas. Uno de los focos era acerca de si el currículum escolar debería continuar siendo etnocéntrico, privilegiando la experiencia de los migrantes anglos y de Europa occidental o si se deberían integrar las experiencias y tradiciones de otros grupos étnicos provenientes del Sur Global, los descendientes del esclavismo y los sobrevivientes del genocidio de pueblos originarios en EEUU. El término ya había sido utilizado en el choque entre el Canciller Bismarck del Reino de Prusia y el Papa Pío IX en el Kulturkampfde 1871 a 1878.
En el Trumpismo 2.0 tenemos una Guerra Cultural recargada que incluye el etnocentrismo, discursos de odio, símbolos supremacistas blancos, sionismo, “Complejo de Armaggedón” (Eco) con arcas y búnkeres para el fin de los tiempos (Klein y Taylor), libertarianismo corporativo, ordo amoris sin empatía para el Otro, darwinismo social, y el regreso recargado de la Doctrina del Gran Garrote de Teddy Roosevelt (1900). Bad Bunny es un actor político de las industrias culturales (ahora industrias creativas) más que se presenta como protagonista de la Guerra Cultural. Bad Bunny fue el gran ganador de los Grammys una semana antes y ha roto muchos récords en plataformas musicales de streaming.
El espectáculo de medio tiempo del Super Tazón es el cuarto con mayor audiencia después de los de Kendrick Lamar, Michael Jackson y Usher. Bad Bunny los supera si tomamos en cuenta las audiencias que vieron el video del espectáculo en los días siguientes, así como su impacto mediático más allá de las secciones de espectáculo y deportes para ser el foco de múltiples columnas de opinión política.
El trumpismo presentó como alternativa de derecha radical un concierto organizado por Turning Point USA, la organización etnocéntrica fundada en 2012 por Charlie Kirk. Dicho espectáculo fue encabezado por el ultraderechista Kid Rock secundado por tres artistas menores de country. Bad Bunny hizo añicos a la competencia de Kid Rock en esa batalla cultural puntual. Kid Rock y compañía obtuvieron menos de una vigésima parte del rating de Bad Bunny y sus colaboradores Lady Gaga, Ricky Martin, Cardi B, Karol G y Young Miko.
También hubo múltiples textos y participaciones de análisis cultural destacando en México “Bajémosle Tantito” por carla Escoffié y las de la lingüista mixe Yásnaya Elena Aguilar en varios canales de YouTube. Escoffié criticó a quienes se quejan de que Bad Bunny no es ningún revolucionario y que el espectáculo en el Estadio Levi’s de Santa Clara no aporta nada nuevo a una revolución radical. Escoffié dice que Bad Bunny no tiene esa obligación política y que ella se divirtió y hasta le entro al “mame” con memes y publicaciones en redes sociales. En palabras de Larry Grossberg hace más de tres décadas, “la política del rock (y otros géneros de música popular) siempre ha sido la diversión”.
Periodistas y académicas me han sugerido que el éxito y popularidad de Bad Bunny en los Grammys, plataformas de streaming y Super Tazón son un caso de Imperialismo Cultural a la Inversa.
Imperialismo Cultural -y el Imperialismo de Medios- es cuando una formación social dominante del Norte Global impone prácticas culturales y contenidos de industrias culturales a una formación social subalterna. Ejemplo: consumo de contenidos de Hollywood, las disqueras Big 5, Meta, X, Alphabet (Google), etc. en México y el resto del Sur Global. Este concepto popularizado por Herb Schiller y otros economistas políticos de la comunicación de los sesentas y setentas como el peruano Rafael Roncagliolo, el brasileño Eduardo Lins da Silva, el venezolano Antonio Pasquali y el belga-chileno Armand Mattelart forzosamente implica una asimetría de poder y un flujo de productos de las industrias culturales de Norte a Sur.
A fines de los setentas algunos académicos liberales pluralistas empezaron a señalar que la popularidad de cadenas de comida rápida Tex-Mex, telenovelas mexicanas y brasileñas, y rock y jazz afro-latinos eran Imperialismo Cultural a la Inversa.
El Imperialismo Cultural a la Inversa no existe porque dichos textos y productos estaban bajo el control de corporaciones del Norte Global. En todo caso, la mayoría eran ejemplos de apropiación cultural. Dicho fenómeno ocurre cuando una formación social dominante del Norte Global toma o despoja productos y prácticas de formaciones sociales del Sur Global a través de mediaciones de las industrias culturales y otros ramos que las descontextualizan para explotarlas como mercancías en mercados domésticos y globales. Es lo que David Harvey (2006) llama desposesión: “los artefactos culturales y las costumbres locales, las redes sociales y otras cosas por el estilo, proveen objetivos más directos para las actividades de apropiación”. Harvey continúa: “El despojo de historias culturales, la colección y exhibición de artefactos únicos (museos de todos los tipos) y el mercadeo de lugares con ambientes de alguna manera únicos, se ha convertido en un gran negocio en años recientes… la creatividad arraigada en la trama de vida, apropiada por el capital y devuelta hacia nosotros en forma de mercancía, como para permitir la extracción de un valor excedente. Esto es apropiación por el capital de la creatividad y las formas culturales afectivas y no creación directa por el capital mismo”.
Ya en 1997 Jean Franco lo resumía como la “sustracción de valor en los niveles de lo afectivo, lo social y lo económico”. Ejemplo: diseños de textiles tradicionales por parte de la Industria de la Moda. Las culturas juveniles son líneas de fuga de desterritorialización que las Industrias Creativas intentan reterritorializar. Ejemplo: diseñadores que comercializaron lujosas chamarras de cuero negro con estoperoles que decían PUNK en los setentas. El Imperialismo Inverso no existe.
Bad Bunny graba para Rimas Entertainment que se ufana de ser una disquera Indie. El catálogo de Rimas también cuenta con Karol G, Cazzu y Juan Luis Guerra, entre otros. Aunque intentan cultivar la imagen de disquera Indie, Rimas depende para la distribución de dos de los Big 5: Sony Music Entertainment (a través de The Orchard) y Warner Music Group. Para Goodwin y Gore (1990), Bad Bunny sería un caso de Transculturación (no confundir con el concepto de Fernando Ortiz). Esto es conformado por “elementos de un número de culturas combinados en el marco de los medios de comunicación trasnacionales”. Con respecto al espectáculo en el Super Tazón, estos han sido manejados por Roc Nation de Jaz-Z desde 2019. Según un texto viral en redes sociales de autor anónimo:
Hace ocho años Colin Kaepernick, jugador de San Francisco (NFL) se arrodilló durante el himno nacional como protesta en contra de la violencia racial .
Recibió miles de críticas y mensajes de odio, incluso de Trump quien gobernaba por primera vez. Las presiones políticas lo sacaron de la NFL y no permitieron que volviera a jugar.
Tras el mal manejo del caso, la liga empezó a perder muchísima audiencia, por lo que NFL buscó un intermediario que lograra reconectar con la audiencia negra. Esa persona fue Jaz-Z.
En 2019, la NFL firmó un acuerdo con Roc Nation (productora de eventos de Jaz-Z) para curar el show de medio tiempo del Super Bowl. Desde entonces, todos los artistas que se han presentado han sido negros o latinos:
2020 — Shakira y J. Lo.
2021 — The Weeknd
2022 — Dr. Dre y Snoop Dogg
2023 — Rihanna
2024 — Usher
2025 — Kendrick Lamar
2026 — Bad Bunny
Y sí, ahora el medio tiempo es multicultural, pero esto solo sirvió para callar las críticas por las injusticias contra Caepernick. La diversidad dejó de ser una amenaza y pasó a ser un activo de marca cuidadosamente administrado”.
Visto de esta manera, Bad Bunny es un peón y una mercancía corporativa.
Por otro lado, Yásnaya Elena Aguilar critica el espectáculo de Bad Bunny por esencializar la latinidad acríticamente. La esencialización consiste en sacrificar la diversidad de identidades étnicas y “nacionales” para producir una identidad regional supuestamente homogénea. En la construcción de una esencia de Latinidad llena de clichés y estereotipos. También lamenta la visión acrítica de la historia de Puerto Rico.
El cañaveral en el que inicia dicho espectáculo nos remonta a las plantaciones caribeñas. Sidney Mintz (1983) ya señalaba que el Complejo-Plantación-Azúcar-Esclavitud de las islas de Jamaica, Haití y Puerto Rico. Este Complejo transformó la producción de azúcar en una empresa capitalista con fuerza de trabajo esclavizada que transformó la dieta y hábitos de occidente. Bad Bunny fetichiza el cañaveral de la misma manera que idealiza instituciones socialmente conservadoras como la familia, el matrimonio, el capital como relación social, etc.
En términos de Raymond Williams, es una resistencia basada en prácticas residuales, no en prácticas emergentes.
El Affaire Bad Bunny es un ensamble donde se amalgaman y coexisten orientaciones políticas, ideologías, sensibilidades e intensidades contradictorias. Se generan líneas de fuga que desterritorializan el espectáculo y hay instancias industriales y de otros tipos que las reterritorializan.








