En México, los llamados Therians se han vuelto virales. Videos de jóvenes desplazándose en cuatro patas, usando colas, máscaras y emitiendo sonidos de animales circulan por redes sociales con millones de vistas. Algunos lo celebran como diversidad; otros lo ridiculizan; muchos simplemente no entienden qué está pasando.
Pero la discusión merece algo más que memes.
El término proviene del griego thērion (bestia) y anthropos (humano). Desde los años noventa, comunidades digitales comenzaron a usarlo para describir a personas que afirman identificarse —de manera psicológica o espiritual— con un animal no humano. No implica necesariamente creer que biológicamente lo son, sino sentir una identidad interna vinculada a una especie.
Hasta aquí, hablamos de una subcultura digital. Nada nuevo en una época donde internet multiplica identidades y crea comunidades globales en segundos.
El problema no es la existencia de la subcultura.
El problema es cómo la sociedad decide abordarla.
Libertad individual… ¿sin límites?
En una democracia, el libre desarrollo de la personalidad es un derecho. Cada persona puede vestir, pensar y expresarse como desee, siempre que no vulnere derechos de terceros.
Sin embargo, cuando estas prácticas se trasladan al espacio público de forma que alteran la convivencia —escuelas, parques, espacios comunitarios— surge una pregunta legítima: ¿estamos ante una expresión simbólica o ante una conducta que requiere acompañamiento psicológico?
No todo lo diferente es enfermedad.
Pero tampoco todo lo extremo es simple “diversidad”.
La línea entre expresión identitaria y desconexión de la realidad no puede discutirse desde la burla ni desde la negación automática. Se discute con responsabilidad.
¿Existe antecedente bíblico?
El concepto moderno de Therian no aparece en la Biblia.
La tradición judeocristiana sostiene una distinción clara entre ser humano y animal. Génesis afirma que el ser humano fue creado “a imagen y semejanza de Dios”, subrayando una dignidad específica y diferenciada.
Existen metáforas y relatos simbólicos —como el episodio de Nabucodonosor en el libro de Daniel, quien vivió como animal por un tiempo—, pero no se trata de identidades, sino de narrativas con sentido moral y espiritual.
La antropología cristiana, como la filosófica clásica, sostiene que la racionalidad y la conciencia moral distinguen al ser humano.
El trasfondo real
Más allá del debate cultural o religioso, el fenómeno refleja algo más profundo: una crisis de identidad en una generación hiperconectada y emocionalmente vulnerable.
Cuando la pertenencia no se encuentra en la familia, la escuela o la comunidad, se busca en nichos digitales. Cuando el lenguaje emocional es pobre, el símbolo se vuelve refugio.
Por eso el enfoque no puede ser el escarnio.
Pero tampoco puede ser la normalización automática de cualquier conducta sin análisis.
Necesitamos fortalecer la educación emocional, la salud mental pública y la conversación honesta.
Porque la dignidad humana no se defiende ridiculizando.
Se defiende acompañando, orientando y poniendo límites claros cuando la convivencia lo exige.
La viralidad pasa.
La formación de criterio, no.
Posdata: Educar no es imponer, pero tampoco es abdicar. Formar criterio implica enseñar a distinguir entre libertad y confusión, entre identidad y evasión. La compasión y la razón no son opuestas: cuando caminan juntas, construyen sociedades más maduras.
*Artemisa López, escritora y analista.
#IdentidadConCriterio








