El que no ama ya está muerto…
San Juan de la Cruz
Habitamos el mundo emocionalmente, no racionalmente, dicen los especialistas. Nuestras decisiones fundamentales surgen de las emociones. Nuestra primera relación con el mundo es afectiva, afirma José Antonio Marina, pensador español, quien se ha dedicado a descifrar nuestro “laberinto sentimental”. Desde que nacemos, el amor es fundamental para el desarrollo; en la mirada de la madre nos reconocemos como humanos y después en la familia vamos afirmando nuestras formas de amar. Por desgracia también en el seno familiar se puede gestar el rencor, el odio. Así pues, la infancia es definitiva en la “educación sentimental”. Un niño rodeado de amor, crecerá con mayor autoestima, se relacionará mejor y tendrá fortaleza para enfrentar las adversidades de la vida. Una infancia con resentimientos, igualmente puede crear más dolor. Así de importante y trascendente es el tema.
Estamos en febrero, los escaparates se llenan de corazones y todo parece invitar al amor. Pero grandes poderes en el mundo parecen ir en contrario. El odio está presente. Lo vemos en las guerras, las violencias cotidianas, el rechazo al diferente. Pocas veces en la historia se ha visto como en este tiempo, una tensión tan fuerte entre las dos grandes energías de lo humano: Eros y Tánatos. Pulsiones de vida y de muerte que nombró y analizó Sigmund Freud, pero ya otros pensadores desde Empédocles habían definido como principios básicos, presentes desde tiempos inmemoriales. Y nadie está exento, porque ambas pulsiones subyacen en todo ser humano, consciente o inconscientemente. En ese contexto, Eros tiende a unir, construir, crear; mientras que Tánatos tiende a deshacer, destruir. Eros conlleva la fuerza del amor y Tánatos la del odio, la muerte.
Así habitamos el mundo. Parece sencillo pero no lo es. Puede ser fácil sentir el amor, pero resulta muy difícil explicarlo. No es fácil hablar de sentimientos y menos todavía entenderlos. Los especialistas incluso, no se han podido poner de acuerdo en la definición exacta del amor. El diccionario dice: “es un sentimiento de vivo afecto e inclinación hacia una persona o cosa a la que se desea todo lo bueno”. De eso podemos deducir que hay diversos tipos de amor, no solamente el de pareja; podemos sentir amor a la familia, a la naturaleza, a la patria, a los amigos; a muchas cosas dependiendo nuestra forma de ser.
Con el odio pasa lo mismo. La parte oscura del ser humano que todos tenemos diría el gran Jung. Todos. Vencer esa sombra es parte de nuestra lucha diaria. Y no se necesita matar materialmente; a veces dañamos profundamente con la palabra, la indiferencia, el rechazo. Ahora mismo lo estamos viendo en todo el mundo: la polarización que siembra odio cotidianamente. Los migrantes tratados como animales, los niños de la guerra abandonados a su suerte, los pobres de la tierra vistos como un estorbo. Nada más lejano al mensaje del más grande exponente del amor: Jesús de Nazaret: amaos los unos a los otros. Pero la realidad nos muestra otra cosa, lo mismo en conflictos familiares que en conflagraciones globales. Las imágenes de la sinrazón repetida nos agobian.
Por fortuna, como contrapunto de la destrucción, está Eros, quien nos provoca a sublimar las pulsiones de muerte a través del amor, la creatividad, la energía constructiva, el arte. Al hacer las cosas que amamos nos llenamos de vitalismo. Porque más allá de las teorías, está la voluntad de cada quien para auto-construirse, buscar un equilibrio entre las pulsiones que nos habitan. Apagar el odio con la fuerza del amor. Todos somos responsables de nuestro mundo. Lo que hacemos cada uno a través del amor o el odio, a través de la concordia o la discordia, redunda en la vida toda.
Cada quien desde su pequeña parcela puede contribuir. Mientras escribo pienso en el multicitado espectáculo del pasado domingo protagonizado por Benito Antonio Martínez Ocasio en el Medio Tiempo del Súper Tazón. No puedo añadir mucho a todo lo ya mencionado. Sin duda atrás del “show”, hay mucho dinero, intereses, política, estrategias, crítica. Pero precisamente por eso y más allá de eso, el mensaje es altamente poderoso: la cultura como vehículo de reivindicación, resistencia, defensa, pero sobre todo amor por lo latino. Amor por su pueblo, sí, pero también amor por toda nuestra América, por nuestra bella lengua: el español. En el escenario “más grande del planeta” (lleno de cañas que me recordaron a mi Mante, por cierto), nos guste o no, una cultura potente se manifestó a través de la energía de la gente, la fuerza de una comunidad diversa y sus historias. Además con mensajes unificadores, plenos de símbolos, rítmicos, potentes. Y en medio de todo, la alegría de sabernos parte de esa sazón que nos define: “qué rico es ser latino”. Sí.
Mucho se dirá todavía del acontecimiento, porque sin duda Bad Bunny ya hizo historia. Por ser el cantante más vendido, el ganador de emblemáticos premios, el puertorriqueño que ha hecho bailar a medio mundo, poner en el centro al ser latino, defender a los migrantes y construir una narrativa de orgullo por todo eso tan nuestro. Y miren que hacer bailar salsa a la mismísima Lady Gaga y ondear cantando las banderas de todo el continente no es cualquier cosa. Lo dicho: las grandes luchas también se hacen con arte, con música, con baile. Tal vez 13 minutos no cambien un sistema injusto, pero muchos sentimos una victoria en nuestro corazón. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde sea cierto el amor y posible la felicidad dijo el gran García Márquez al recibir el Nobel hablando de Latinoamérica. Y sí: “lo único más poderoso que el odio es el amor”. No hay que olvidarlo.









