Todo el mal que puede desplegarse en el mundo, se esconde en un nido de traidores
Francesco Petrarca
Vivimos tiempos complejos. Las noticias nos rebasan. No acabamos de leer una cuando llega otra que nos estremece y nos amenaza. La maldad y la ambición parecen reinar sobre la tierra. La violencia no es nueva, pero cada guerra nos parece peor. Voltear a ver la historia siempre sirve. En estos días de horror, la reflexión nos mueve hacia la condición humana: la maldad, la traición, la corrupción, la ambición, el odio. Pero también debe movernos a la esperanza, porque si nos vencemos, fenecemos.
Ser o no ser, esa es la cuestión, dice Shakespeare. Ser o no ser es la pregunta que tarde o temprano debe hacerse cada quien respecto al sentido de su vida. En las tragedias del enorme literato inglés, está siempre latente esa cuestión, aun cuando es Hamlet quién se la hace en el monólogo de la obra. También algo hay de ello en La tragedia de Macbeth, donde Shakespeare dibuja a la perfección la esencia de la traición cuando los cantos de las brujas provocan en el general, odio, ambición desmedida y deseos de quebrantar la lealtad a su rey. Macbeth asesina al monarca para tomar el trono, pero al final muere asesinado, pagando con su sangre la cruenta traición.
También la muerte a traición del emperador Julio César fue motivo de una tragedia de Shakespeare. El puñal por la espalda de quien era considerado confiable. Todos los poderosos y los políticos debieran leer al literato inglés, pues muchas veces entre ellos se ven repetidos los dramas shakesperianos. Traición, sangre, poder y muerte, son palabras enlazadas en numerosos hechos históricos. En estos días conmemoramos en México uno de los acontecimientos más dolorosos, brutales y cruentos en la historia nacional. La llamada Decena Trágica, el sangriento golpe militar en contra del Presidente Madero, orquestado para derrocarlo y llevado a cabo por los epítetos de la traición en la historia patria: los generales Victoriano Huerta, Manuel Mondragón, Bernardo Reyes, Félix Díaz y Aureliano Blanquet. Y entre ellos, un lobo mayor: el Embajador Henry Lane Wilson, de quien años después la señora Sara de Madero habría de decir: tenía una actitud “descaradamente enemiga” hacia el gobierno legítimo.
El viento de la traición soplaba con fuerza en esos días funestos. Temporada de zopilotes, le llama Paco Taibo. Días y nombres para nunca olvidar y para darle a cada quien su lugar. Todo empezó el 9 de febrero de 1913, pero se cocinaba desde antes en un ambiente de rencores, intrigas y prensa mercenaria contra el presidente Madero y al servicio de otros poderes: los terratenientes y “los dueños del gran dinero” que habían sido despojados de grandes negocios y se sentían amenazados en su riqueza por el nuevo gobernante, quien había llegado al poder con la fuerza de un potente movimiento social.
Poco tiempo después de asumido el mandato por Madero, los revolucionarios seguían exigiendo reivindicación en el norte y en el sur. Pero el cuartelazo que acabó derrocando al presidente no fue una movilización popular, dice Adolfo Gilly: fue una rebelión de los altos mandos de su ejército, el Ejército Federal. Como el Macbeth de Shakespeare, la bruja de la traición habló a los generales para encabezar el terrible golpe militar. Así transcurrieron los días, con el reguero de pólvora y sangre en la Ciudad de México, donde murieron muchos inocentes. Uno de los conspiradores, el general Bernardo Reyes, quien adelantó su caballo a las puertas de Palacio Nacional y no hizo caso al pedido de rendición, cayó muerto a manos de la defensa al mando de Lauro Villar, un valeroso militar tamaulipeco, poco conocido y reconocido por su valor y lealtad a toda prueba.
Herido y aquejado de gota, Villar dejó el mando y encabezando la defensa del gobierno legítimo quedó Victoriano Huerta, en quien Madero confiaba plenamente. Lo sucedido después es para marco de la peor película de horror. Las crónicas son escalofriantes. Muerte y destrucción galopante. Entre los peores crímenes el de Gustavo Madero el 19 de febrero. Un personaje clave, hombre de ideas, culto, sensible e inteligente, quien había sido uno de los cerebros más notables del movimiento maderista y miembro fundador del Partido Constitucional Progresista. Gustavo mismo le había advertido a su hermano de la posible traición, pero nada detuvo la rueda de la historia.
Dicen que cuando se enteró del brutal crimen contra su hermano, el presidente lloró toda la noche. Ya estaba arrestado con Pino Suárez, otro personaje insuficientemente valorado y junto al enorme militar Felipe Ángeles, epíteto este de la lealtad a Madero y a la patria. Lo demás es historia muchas veces contada. Les exigieron su renuncia y sin cumplir lo acordado, asesinaron al presidente y al vicepresidente en un día 22 de febrero de 1913. Victoriano Huerta, quien ni muerto se ha podido quitar el calificativo de “traidor” además de “borracho”, asumió la presidencia, pero el gusto no le duró mucho. Lo derrocaron y como Macbeth, vivió asolado por las brujas hasta el último de sus días.
Madero en cambio, sigue dándonos lecciones. Porque el apóstol de la democracia, fue además de una buena persona, un presidente transformador, honesto y valiente que resistió hasta el final. “Cada quien morirá por su lado”, tituló Adolfo Gilly a su libro sobre la Decena Trágica en alusión a una frase del brillante general Felipe Ángeles en carta a militares. La frase sigue vigente. Cada quien. Ser o no ser diría Shakespeare. Qué el cielo nos libre de las temporadas de zopilotes.








