Una vez que comprendas el poder de las palabras, no dirás cualquier cosa…
Confucio
La palabra es poderosa. Desde tiempos inmemoriales, la palabra ha enlazado a la humanidad. Pero también la ha dividido. Los amores más grandes están trenzados con palabras e igualmente las más atroces guerras se han desatado con ellas. Lo que decimos importa, trasciende, tiene poder. La pareja, la familia, la amistad, las relaciones todas, se definen con palabras. En ese sentido, las mujeres han sido tejedoras de palabras, aun cuando no se les permitía hablar, lo dicho en silencio bastaba para darle sentido a la vida. Muchos siglos después, tenemos derechos, entre ellos, usar nuestra voz, expresarnos, gritar incluso cuando algo duele, daña.
Poder hablar ahora, en lo privado y en lo público es el resultado de la lucha de muchas mujeres, nuestras madres y abuelas, nuestras antecesoras que abrieron el camino para que se escucharan nuestras voces. Un logro que conlleva también una enorme responsabilidad, sobre todo cuando se trata de mensajes públicos, porque cada palabra dicha es un testimonio del ser y del hacer. Pues a las palabras no siempre se las lleva el viento. Quedan en las mentes y los corazones de las personas y pueden motivar a la acción, curar o herir, dar o derribar esperanzas.
Pienso en el poder de las palabras, al ver y leer los mensajes pronunciados en todo el mundo por líderes y activistas en el Día Internacional de la Mujer. Los discursos desde el poder gubernamental y también los del poder de la calle, las mujeres alzando la voz contra las injusticias repetidas. Las voces de las marchas en toda Latinoamérica gritando: “paren de matarnos”, mientras en las guerras de oriente las víctimas son en gran medida mujeres e infantes indefensos. En Francia, la voz de Giselle Pellicot, ahora es un testimonio poderosísimo de la vigente barbarie contra las mujeres. Su caso a dado la vuelta al mundo. Durante una década, su propio marido la sedaba para que más de 80 hombres la violaran mientras él grababa todo. Su historia parece una película de horror, pero es ciertísima, dolorosísima.
“La vergüenza debe cambiar de bando”, dice bien la valiente mujer quien se atrevió a hablar del horror, aun sabiendo de las implicaciones, los juicios, el escándalo. Pero, literalmente, valió la pena. Sus agresores fueron condenados en un juicio público y el horror cambió de bando, aun cuando el dolor seguirá en su interior. Por desgracia muchas mujeres violentadas hay en todas partes y todavía muy pocas las que se atreven a denunciar. Por ello es tan importante escuchar, atender sus voces, acompañar el dolor, ser compasivos, solidarios con quienes sufren, sean madres buscadoras, mujeres violadas, esposas maltratadas, hijas golpeadas. Romper el silencio cuando es necesario puede hacer la diferencia. Un buen mensaje puede ser bálsamo en el dolor de muchas ante la violencia repetida.
Las noticias en todo el mundo están impregnadas de violencia hacia la mujer. Cotidiana, recurrente, letal, incluyendo nuestros entornos, donde las agresiones hacia las mujeres se han multiplicado en las últimas décadas. Los números son devastadores. 8 de cada 10 mujeres mexicanas señalan que han padecido violencia y maltrato cotidiano, tanto en pareja como laboral. Y si de feminicidios hablamos, la cifra es aterradora: seis mujeres al día son asesinadas en nuestro país. Y no son sólo números, pues con ellos hay un cadáver que algún día amó, creyó y tuvo sueños como cualquier mujer. Las cifras sobre violaciones son igual de aterradoras: dos mujeres cada hora son violadas en el país. El abuso sexual se ha triplicado en los últimos años, incluyendo las violaciones infantiles. Duele tanto escribirlo. Y luego está el silencio, la impunidad, la cifra del horror que habla del 99% de los casos sin denunciar. Un tema que no compete sólo a los gobiernos, sino a la sociedad entera.
Veo, leo, analizo lo que representa ser mujer en tiempos de violencia femenina y siento en el alma la esencia de tantas mujeres que ayer, hoy y siempre, estamos, en medio del miedo, pero también con valor para celebrar la vida. Y digo mujer y pienso en mis abuelas, en sus manos que hacían las mejores tortillas de harina o sembraban las dalias más bellas, pero también en su valor, para criar hijos buenos en la adversidad, con férrea voluntad, cotidianamente, con amor sin límites. Piense usted, cuántas mujeres como ellas, todos los días hacen esta labor tan ignorada de forjar seres humanos, no sólo alimentando sino alentando lo mejor de la vida.
Y escribo la palabra mujer y pienso en mi madre, que aun dentro de una cultura machista, nos formó a cinco mujeres, rodeadas de libros y libres para elegir nuestro destino. Y recuerdo mi infancia, mi adolescencia, mi elección de una carrera “para hombres” y yo arriba del tractor, no sin miedo; pero dispuesta a luchar por lo que elegí. Digo mujer y viene a mi mente la palabra “parto”, ese momento fundacional cuando la mujer crea y alumbra la vida. Y pienso en mis partos, naturales, sin anestesia, con dolores profundos, con miedo, con esperanza y al final exhausta pero feliz de ver una nueva vida palpitando, cambiando la mía para siempre.
Escribo mujer y pienso en la responsabilidad de tener la palabra, que lo mismo puede sembrar, acompañar, visibilizar o ser voz hueca, dañina, prepotente. Escribo mujer y pienso en todas quienes valerosas alzan la voz y en las que callan tanto, en las que se unen para luchar y en las indiferentes ante el dolor de las otras. En todas, con sus luces y sus sombras, pero ninguna merecedora de violación, de violencia, de muerte. En todas quienes pese a todo siguen encendiendo el fuego cada día. Sin mujeres no hay vida posible. Ojalá todos juntos actuemos para revertir el horror. Ojalá.








