En 1968, en vísperas de la inauguración de los Décimo Novenos Juegos Olímpicos de la era moderna, cuya sede fue otorgada a México por “su gran prestigio internacional, por su régimen democrático y por sus avances en la justicia social”, según palabras textuales del presidente del Comité Olímpico Internacional, Avery Brundage, se inventó la Matanza de Tlatelolco, de la que se han colgado muchos de los simuladores, para debilitar al régimen del presidente Gustavo Díaz Ordaz.
Ahora, a poco de que se inaugure la Copa Mundial de Fútbol, el presidente de los Estados Unidos, coreado por una camarilla de rufianes, trata de impedir que las serias acusaciones de abuso sexual en contra de niñas en el paraíso de la pedofilia de Epstein, lo lleve ante la justicia de EU y seguramente ante la Corte Penal Internacional. Sale con el cuento del Escudo de las Américas, un organismo que supuestamente habrá de proteger a los norteamericanos de cualquier amenaza (¿también de él?).
En la inauguración del evento realizado en Miami, volvió a la cantaleta de que: “México representa una amenaza de seguridad nacional para Estados Unidos ya que está controlado por los carteles de droga, ya que es el epicentro de la violencia criminal del hemisferio occidental”, advirtiendo que a pesar de que le cae muy bien la hermosa mandataria mexicana, su gobierno no puede tolerar esa situación en el país vecino.
La megalomanía de Trump, acrecentada por la decrepitud derivada de una vida licenciosa, le impide entender que la presidenta de México, Dra. Claudia Sheinbaum Pardo, Premio Nobel compartido por su compromiso con la ecología, es una persona altamente respetable, de la que lo separan mil años luz de decencia, calidad moral y estatura intelectual. Si pudo abusar de niñas indefensas y puede tratar con desprecio a sus lacayos, no puede hacerlo con una mujer investida de alta dignidad y prestigio.
Menos con su calidad de presidenta electa democráticamente de México. Que su nombre esté en boca de tal persona, es un insulto; más cuando se refiere a ella en el mismo tono con el que trata a los representantes y gobernantes de otros países, sometidos al capricho del gran capital. Es imposible esperar que tenga la hombría de tratar a una dama con el respeto debido; pero, cuando esa fémina lleva en sí la representación del pueblo mexicano, ya no se trata de pedir, sino de exigir.
El terrible peligro en que ha puesto Trump a la gente de los Estados Unidos, y la crítica situación económica que padecen las mayorías de ese país para favorecer a los grandes capitales, especialmente los que tienen que ver con la producción de armamento y pertrechos de guerra, no ha sido un obstáculo para asumir el papel de matón sin escrúpulos para quien la vida de los seres humanos y la preservación de la naturaleza valen nada.
Ya se embarcó en una guerra de consecuencias imprevisibles en el Medio Oriente con el aval de las cámaras del Congreso debidamente maiceadas por la industria bélica; ahora, amenaza a los países de América que no se someten a sus caprichos ni se dejan robar. ¿Tendrá la virtud de la ubicuidad para pelear con todo el mundo y ganar? ¿Estarán dispuestos los ciudadanos norteamericanos a reducir su nivel de vida para que el capitalismo salvaje siga alimentando la voracidad de los potentados?
Por lo pronto, los mexicanos, como suele ocurrir, ya sacaron muchos memes de la zanahoria, que, a fin de cuentas: perro que ladra…









