La deuda pública de México se ha disparado enormemente durante los gobiernos de Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum Pardo; pero, esas cifras corresponden a una dinámica de crecimiento que no se había visto desde los regímenes revolucionarios, especialmente durante la época del desarrollo estabilizador, cuando el mundo, enfrascado en guerras y genocidios terribles, vio como el país crecía al 6 y 7 por ciento con paz, estabilidad y desarrollo.
Una nota tendenciosa, de El Universal, obviamente, señala que: “El gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo planea contratar mayor deuda de lo que calculó originalmente debido a que seguirá gastando más de lo que ingresa y por el lento crecimiento económico, dijeron analistas. El 1 de octubre de 2024, la Mandataria tomó las riendas del Ejecutivo con una deuda de 16.7 billones de pesos, cuyo saldo llegó a 18.7 billones en febrero de este año, de acuerdo con las estadísticas de la Secretaría de Hacienda (SHCP) sobre el Saldo Histórico de los Requerimientos Financieros del Sector Público”.
Por su parte, Ricardo Cantú, en su estudios publicado por el Centro de Investigación Económica y Presupuestaria, A. C., escribe que: “Desde 2009, las finanzas públicas mantienen desbalances presupuestarios. Esto significa que, desde entonces, el gasto público ha estado por encima de la capacidad recaudatoria del Estado. Esta situación está enmarcada en ingresos petroleros decrecientes, así como en mayores gastos en pensiones, transferencias a Pemex y costos de la deuda.
Sobre este último punto, de 2009 a 2026, este costo pasó de 2.1 billones de pesos (precios de 2026) a 4.1 billones, lo que representa un aumento real de 95.2 %; siendo, desde 2015, un gasto mayor al total en educación pública. La transición demográfica hará que existan menos personas trabajando y más demandando pensiones, salud y cuidados, lo que pondrá mayor presión sobre el gasto público y un menor impulso sobre la recaudación tributaria. Si el endeudamiento no se controla, como lo plantea el Paquete Económico 2026, el saldo histórico podría ascender a 58.9 % del PIB hacia 2031”.
Pos, sí; ¡pero, no! Si se entiende la deuda pública de México sólo desde la perspectiva de su crecimiento, habría que alarmarse; sin embargo, para bien de todos los mexicanos, los indicadores relativos son altamente halagüeños. En palabras llanas, hay que señalar que más que la deuda pública, ha crecido la recaudación fiscal, la inversión en infraestructura y ha disminuido, de manara consistente, la proporción de la deuda con respecto al Producto Interno Bruto.
Esto equivale a señalar que el manejo de las finanzas públicas por parte de los gobiernos de la Cuarta Transformación ha sido responsable, exitoso y transparente. Solamente quienes permanecen con la vista y las entendederas nubladas por la pérdida de privilegios y los que van en la procesión a ciegas, sin saber a que santo se le reza, quieren creer y hacer creer la sarta de mentiras que se desmienten por sí solas por cuanto es evidente el crecimiento de la economía nacional y de la inversión extranjera.
La Secretaría de Hacienda y Crédito Público, en un comunicado oficial puntualiza que: “ La deuda neta del gobierno federal se situó en 45.4% del PIB, con un portafolio mayoritariamente denominado en moneda nacional, a tasa fija y con vencimientos de largo plazo. Esta estructura contribuye a mitigar riesgos cambiarios y de refinanciamiento, fortaleciendo la resiliencia de las finanzas públicas ante posibles choques externos.
El costo financiero de la deuda disminuyó 21% real anual, apoyado por la apreciación del peso frente al dólar, que redujo el componente asociado a los pasivos denominados en moneda extranjera. Adicionalmente, como resultado de las operaciones de refinanciamiento, el pago por el servicio de la deuda fue inferior en 2 mil millones de pesos a lo programado”. Dicho lo cual, el tamaño si importa; pero, importa más cuando se establece con relación a las circunstancias actuales de la 4T.









