Corría la década de los años 20, del siglo XX. Flora y Adelina regresaban de misa de 12 aquel domingo. La tarde estaba calurosa, ¡qué difícil se tornaba aguantar las medias! Generalmente eran de seda porque las de algodón o lana se usaban en invierno. Una mujer decente no podía salir a la calle sin ponerse medias, si un hilo se les reventaba, la media se desechaba cuando los recursos económicos de la familia lo permitían, si no era así, debían repararse. Existían unos huevos de madera que se colocaban bajo la parte rota de la media para remendar los hilos que se rompían del fino tejido, era un trabajo arduo; se requería de una aguja delgada, buena vista, destreza para hacerlo y ¡mucha paciencia! ¡Bueno! No nos desviemos del tema, una cuadra antes de llegar a su casa, salió a su encuentro Doña Teresa, la vecina de enfrente, típica solterona cuyo único oficio en la vida era saber los chismes del barrio y difundirlos.
—¡Muchachas! ¡Esperen, les tengo una nueva! Mi compadre, Jacinto, está tendido; hoy en la mañana murió repentinamente de un dolor. Nadie puede explicar qué le pasó, dicen que le falló el corazón, al levantarse de su cama hoy en la mañanita, se llevó las manos al pecho y cayó muerto sobre su cama. ¡Imagínense el susto de doña Chabelita y las muchachas! ¡Pobrecitas! Lo peor es que murió sin confesarse. ¡Quién se iba a imaginar tal desgracia!
Al pronunciar las últimas palabras se santiguó con un falso dolor y pretendió que una lágrima rodaba por su rostro. Las muchachas se miraron y agradecieron la información sin hacer más comentarios, ¡ya conocían a Teresita! Era capaz de inventar un chisme de una sola palabra. Doña Teresa, entró a su casa y se sentó en la ventana para decirle a todo el que pasaba la noticia. ¡Es por demás! Ella era así.
Se encaminaron a su casa para avisar a su madre de la mala noticia, al enterarse, la señora les dijo:
¡Tendrían que ir a ver a la viuda y las hijas!, aunque esas muchachas estiradas no eran santos de su devoción.
Cuando le contaron a su madre la noticia, ésta movió la cabeza con pesar y les dijo
—¡Hay hijitas! Hoy termina el novenario de doña Mariquita y no puedo faltar, ya saben que soy yo quien lo dirige, pero ustedes irán en mi nombre esta misma tarde ¡sin falta! Aquellas palabras, eran tácitamente órdenes, así que, haciendo un gesto de disgusto, asintieron, se dirigieron a la cocina a tomar del cántaro un vaso de agua fresca, se quitaron las medias y se dispusieron a descansar un rato para cumplir en la tarde con esa familia.
—¡Con lo mal que me caen esas fulanas! ¡Lo único que hacen cada vez que nos ven es presumirnos de lo que tienen!
—¡Y pensar que nos tenemos que vestir de negro con el calor que hace!
A principios del siglo pasado, cuando había un duelo, las mujeres se cubrían realmente de pies a cabeza con ropa negra, el remate era un manto que se detenía en el pelo con una peineta o un tocado, ¡negro, por supuesto! y caía por los hombros, la cara quedaba totalmente tapada, de tal manera que difícilmente se reconocían. Cuando las campanas de la iglesia anunciaron las cuatro de la tarde, de mala gana, Flora y Adelina se prepararon para la vista, las hermanas y la madre salieron todas de negro y con el manto levantado dejando la cara al descubierto, la señora partió al rosario y las muchachas al duelo.
Al llegar a la casa, Flora y Adelina, se bajaron el manto con una expresión de fastidio por el sofocante calor de aquella tarde de verano.
—¡Qué ocurrencias de este hombre de morirse con tanto calor!
Murmuraba Aelina.
—¡No blasfemes, Flora! Dijo Adelina persignándose y enjugando las gruesas gotas de sudor que le corrían ya por la frente. Ambas entraron por fin a la casa, todos los espejos estaban cubiertos con mantos negros en señal de duelo y cada visita que llegaba a ver a la viuda, las hijas y el resto de la familia del difunto, mostraba su afecto llorando a grito abierto al abrazar a los deudos.
Se estilaba en las gentes adineradas contratar plañideras; eran mujeres que se les pagaba por llorar para que el dolor de la familia fuera conocido por todos. ¡Eran otros tiempos!
¡Y comenzó la función! Empezaron por saludar a todas las mujeres y a grito abierto exclamaban
—¡Por qué se moriría Diosito Santo, tan bueno que era! ¡Todo el pueblo lo quería!
—¡No puedo creer que esté muerto! ¡Ayer en la tarde lo saludamos en la plaza cuando veníamos de misa!
Y siguieron las letanías y los gritos de las mujeres mientras los hombres, vistiendo sus mejores trajes, silenciosos y circunspectos, tomaban café con piquete en una pieza aledaña a la capilla ardiente. Hubo un momento en que Flora y Adelina se separaron y abrazaban a todos los deudos llorando a gritos.
Entre grito y llanto, Adelina trataba de identificar a su hermana, pero le era difícil; todas estaban cubiertas con velos desde la cabeza hasta debajo de los hombros y la luz mortecina de las velas dentro de aquel cuarto en penumbras, se dificultaba la visión. Adelina empezó a desesperarse un poco, ya se estaba cansando de llorar y le dolía la garganta, sentadas en un cuarto vecino, las plañideras daban vuelo al llano pagado y Flora, por su parte, se sentó a esperar que Adelina apareciera, estaba a lado de la viuda que lloraba sin detenerse y de mala gana, ella hacía lo mismo. De pronto, una de las visitantes se abrazó llorando a gritos primero a la viuda y después a Flora pensando que era un familiar del difunto; Flora, refunfuñando por dentro, porque estaba ya fastidiada de la situación, empezó también a llorar:
—¡Hay Dios! Tan bueno que era ¡Cómo se pudo morir así, de improviso, ¡Qué dolor!, al abrazar Flora a aquella mujer y ver hacia el piso se dio cuenta que era su hermana, los zapatos eran nuevos y ella la acompañó a comprarlos un día antes, entonces, levantándose el velo discretamente, le dijo:
—¡Cállate y deja de hacer circo! soy yo¡, ya estuvo bien de llanto, salgamos de aquí que el calor me mata y ya me dolió la garganta de tanto llorar.
Se bajaron de nuevo el velo y salieron discretamente a la calle. Cuando estuvieron a unos metros de la casa del duelo, se quitaron la chalina que cubría su rostro, y rieron a mandíbula batiente y comentaron la hilarante confusión. A veces las exageraciones rayan en la comicidad y es bueno reír un poco de esas cosas de la vida. Después de unos minutos, se detuvieron en la botica de Don Casimiro, que era amigo de su papá, para pedirle un poco de agua fresca, aunque el sol estaba a punto de ocultarse, el calor abrazaba las solitarias calles del pueblo. Después de refrescarse, se despidieron y caminaron a su casa. El disco dorado del sol, parecía esconderse tras las torres de la iglesia que llamaban en ese momento al rosario.








