Sufrir el lamentable régimen de Vicente Fox fue un trago amargo que los mexicanos debieron tomar por ser ilusos y dejarse envolver en su verborrea dicharachera e irresponsable; pero, de eso a que ahora aceptemos sus tonterías que intentan inmiscuirse en los asuntos del Estado que competen exclusivamente al gobierno que encabeza la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, hay una enorme diferencia.
Fox , que fue despojado de su fantástica pensión (que no necesitaba, pues se forró de billetes durante su triste mandato), sale a los espacios digitales para decir sandeces cuyo único propósito es mantenerse en escena, como los perros viejos que ladran para que no los pisen, pues bien sabida se tiene su absoluta ignorancia en asuntos de política y su incapacidad para entender la realidad que vive el país en lo particular y el planeta en lo general.
Es un tonto de capirote, dependiente del Prozac y otras drogas con las que se intenta controlar su síndrome de hiperlalia, esto es el trastorno de la comunicación, a veces clasificado como enfermedad mental, caracterizado por una locuacidad incoherente. Quién puede olvidar que durante su gobierno fue contratado Rubén Aguilar para que saliera en los medios y tratara de explicar lo que decía o quería decir el presidente en sus arranques de locura y delirio de grandeza.
Es el antecedente inmediato en incoherencia y muy cercano en el tiempo, de Donald Trump, otro megalómano que tiene a la humanidad al filo de la extensión. Quizá por ello aboga por que la presidenta de México se rinda y se doblegue para entregar el país a los intereses de los Estados Unidos como hizo él y los regímenes pripanistas que gobernaron durante la noche oscura del neoliberalismo que tanto daño hizo al país y a los paisanos.
Por fortuna, ya a nadie sorprende. Sí hay quien comulgue con ruedas de molino y respalde su idea de entregarse en brazos de Trump; pero, la mayoría, la inmensa mayoría de los mexicanos, rechaza no sólo sus palabras, sino la osadía de inmiscuirse en los asuntos públicos del país, que alguna vez tuvo en sus manos y los manejó con las patas, como es su costumbre. Ninguna autoridad moral tiene para hablar luego de tantas torpezas y tropelías en contra del país y los paisanos.
El politólogo de la Universidad Iberoamericana de Puebla, Juan Luis Hernández Avendaño, fue contundente cuando señaló que en el sexenio de Vicente Fox, “quien tuvo más poder, inclusive que el presidente, fue su esposa. Todos los negocios que hicieron los hijos de Marta Sahagún, que tuvieron que ver con licitaciones y concesiones a modo, hablan de conflicto de interés y tráfico de influencias, además de claros indicios de corrupción”.
Al respecto, la comisión investigadora contra los Bribiesca, encabezada por Jesús Porfirio González Schmal, documentos que durante el Gobierno de Fox, Oceanografía (una empresa naviera mexicana) pasó de ser una empresa con problemas financieros a ser un importante contratista de Pemex, con el respaldo de Marta Sahagún, Manuel y Jorge Bribiesca, y su tío, Guillermo Sahagún Jiménez. La compañía fue inhabilitada por cobros excesivos y un fraude comprobado por casi 500 millones de dólares contra Banamex Citigroup.
El mismo Hernández Avendaño asegura a Fox se le puede señalar de inepto más que de corrupto, pues fue un presidente ausente, improductivo y timorato sin noción de Estado que operó con un gabinete dividido entre personajes pragmáticos como Santiago Creel y Adolfo Aguilar Zínser. ¿Qué calidad moral tiene, entonces, para abrir la boca en estos días y pretender dar consejos a la presidenta Claudia Sheinbaum, cuya obra es reconocida y aplaudida universalmente.









