Mientras uno está vivo, uno debe amar lo más que pueda
Bad Bunny
Confieso: no conozco mucho de su música y no soy precisamente una consumada fan del género ni del artista. Es más, cuando escuché por primera vez sus canciones en el carro de mi hijo, lo cuestioné acerca de las letras y los “sonsonetes”. Hija como soy de otra generación, me resulta difícil entender algunas nuevas expresiones artísticas y sus fusiones. Pero también sé: hay música que se siente, aun cuando no se entienda, porque conlleva lenguajes potentes. En ese contexto y buscando entender el fenómeno de Bad Bunny, los últimos meses me he detenido a escuchar un poco de su música, leer acerca de su trayectoria e intentar comprender, no sólo la locura desatada en multitudes; sino también el valor de un proyecto musical de profundas raíces latinas.
Fenómeno. No exagero. Un artista con más de 80 millones de oyentes en Spotify no es nada común. Y luego están sus conciertos. Verdaderos acontecimientos en los países donde se presenta con espectáculos impresionantes y llenos totales. Puede gustar o no, pero nadie podría negar esa química generada por la presencia del boricua en cada show. Y no sólo se trata de su presencia, sino también de los lazos generados entre los asistentes. Los científicos lo han comprobado en estudios realizados, según un reportaje publicado recientemente. Disparos de dopamina, serotonina y oxitocina, neurotransmisores que generan placer, evidenciados en las presentaciones del cantante puertorriqueño. Unas ganas locas de bailar y cantar juntos, como resultado de procesos químicos en el cuerpo relacionados con la alegría. Según los expertos, con Bad Bunny la gente no sólo baila, también se conecta bioquímicamente.
Los recientes conciertos en su natal Puerto Rico lo demostraron incluso con una derrama económica de gran calado con su gira “No me quiero ir de aquí”. Una inyección de más de 200 millones de dólares para la economía local. Pero la gira significó mucho más que dinero, pues ha sido un símbolo de la resistencia anticolonial y los ritmos populares de su amada tierra. 30 presentaciones en el Coliseo de Puerto Rico en una residencia de tres meses, donde los primeros nueve conciertos fueron sólo para puertorriqueños. Yarimar Bonilla, nacida boricua y académica de la prestigiosa universidad de Princeton, señaló al respecto: “su música se ha vuelto la banda sonora tanto de nuestro trauma como de nuestra resistencia, resonando a través de huracanes, terremotos, apagones y protestas masivas”. Sus letras, dice la estudiosa de historia y cultura pop, nos hablan del peso emocional del amor, el goce del deseo y la belleza caótica de la comunidad y la familia: “Al hacerlo ha creado un nuevo tipo de música de protesta, que llora, celebra y baila a la vez”. Divierte y hace conciencia. No cualquiera.
Los ocho conciertos en nuestro país fueron también impresionantes. Personas de 77 países compraron entradas para ver a Benito Antonio Martínez Ocasio en México, el artista que ha sido en varias ocasiones durante los últimos años el más reproducido del planeta. Con una derrama de más de 180 millones de dólares, las presentaciones en nuestro país fueron todo un acontecimiento. La mismísima Salma Hayek, fue una de las que vinieron para bailar sin parar en la “casita rosa”, un emblema cultural que representa los paisajes urbanos y rurales de Puerto Rico. Igual el flamboyán, el cobertizo, los colores. Todo en los conciertos y las canciones del “Conejo Malo” está pensado por algo y para algo. Hace unos días eligió la canción “El derecho de vivir en paz” como homenaje a Víctor Jara en Chile, con toda la carga política que eso representa. Muchos creativos trabajan en el diseño, el contenido y los procesos en un quehacer colectivo de producción. Y tener un lugar en la casita no es sólo cuestión de ricos y famosos, también se pueden ver ahí obreros, oficinistas, pintores, gente a la cual se invita mediante procesos propuestos por el artista y su gente.
Un fenómeno. A los 26 años Benito trabajaba como empacador en un súper. A los 31 ha batido ya muchos récords globales. No sólo eso, pues se ha ganado el respeto y la admiración de íconos de la música popular. Provocador y escandaloso, acusado por erotizar la violencia machista, los estudiosos de su música diseccionan igual sus letras con intenso contenido sexual que con enorme carga de protesta social. Hasta su nombre artístico es una provocación. Y el Conejo Malo también provoca con su ropa, lanzando mensajes a través de la moda en sus desfiles de las galas más glamorosas. Se sabe poderoso y usa ese poder para contradecir a otros poderosos. Su muy próxima presentación en febrero como estrella en el show de medio tiempo del Súper Bowl, el escenario más cotizado del mundo, donde se espera sea visto por más de 140 millones de personas y cantará completamente en español, representa un gran sueño cumplido para Benito: “Es por quienes vinieron antes que yo y corrieron incontables yardas para que yo pudiera llegar y marcar un “touchdown” …esto es por mi gente, mi cultura y nuestra historia”.
Sin duda Benito Antonio ya hizo historia. Y nos guste o no, es un fenómeno de la música en el mundo. A mí me encanta su defensa del español, el amor declarado por sus raíces, los lazos de comunidad que genera y el ritmo de algunas de sus canciones como Baile Inolvidable (un billón de reproducciones en Spotify). Apuesto a que usted no puede escucharla sin moverse. En fin, en medio de tantas malas noticias, de políticos colmados de ego, la historia del poderoso cantante, orgullosamente portorriqueño; nos refiere a escenarios más humanos, más alegres, más vivos. Después de todo, Benito, ¡tiene al mundo bailando a sus pies!









