Cuando Flor González invitó a Jaime Sabines a Ciudad Victoria, el poeta chiapaneco le comentó que nunca había visitado Tamaulipas ni pensaba hacerlo por su estado de salud que se encontraba. “¿Y el teatro tiene techo o es al aire libre?” preguntó cómo si alguien le hubiera comentado sobre las terrazas Obrero, Alameda y Rex donde a mediados del siglo pasado se proyectaron películas y actuaban artistas a la luz de las estrellas.
Eran los tiempos del gobernador Manuel Cavazos Lerma, quien fue su compañero en la Cámara de Diputados y para entonces existía en Victoria, el Teatro Amalia González Caballero de Castillo Ledón. Seguramente la emoción de las palabras de Flor, convencieron al autor de Los Amorosos a programar una presentación la noche del 21 de noviembre de 1996.
Fue un momento inolvidable para el público victorense y de otras ciudades, quienes acudieron a conocer y escuchar a uno de los mejores poetas de México. No sólo por su vasta obra, sino porque se trataba de un escritor fuera de serie con gran poder de convocatoria. Probablemente desde la época de Amado Nervo y López Velarde, no había existido en el país un poeta que despertara el interés masivo de lectores de ese género literario.
Después de todo, los impactantes versos de Sabines continúan en el imaginario colectivo, cómo si se tratara de una canción de moda en los mejores tiempos de la radio y televisión. Desde su llegada al aeropuerto acompañado de su hijo Julio, marcó su territorio ante un grupo de reporteros que lo abordaron “Yo no soy Luis Miguel…yo vengo a convivir y conocer a los victorenses.”
A partir de las nueve de la noche, Sabines leyó sentado en una silla de ruedas, buena parte de su obra fuera de serie. En el silencio nocturno del teatro la enorme audiencia escuchó una voz cautivadora y el característico ritmo en la lectura de cada uno de los versos. Al terminar su intervención, firmó libros y platicó con un sector del público principalmente de mujeres. Agradeció desde luego al Club Rotario Villa de Aguayo, UAT, Conaculta y gobierno de Tamaulipas por la invitación.
Al terminar la presentación, Flor González le ofreció en su casa una cena de platillos orientales preparadas por un chef de la localidad. Asistieron Guillermo Lavín, Laura Reséndez y Baldomero Zurita entre otros. A la mañana siguiente después de pernoctar en el Hotel Santorín, la familia de Flor le brindó un desayuno campestre en Güemez, donde platicó con sus padres. Mientras degustaba los platillos típicos de machacado con huevo, tortillas a mano, chorizo en salsa, frijoles de jarro, café y jugo de naranja comentó sobre la anfitriona que lo atendía amablemente: “Acabo de ver a mi mamá en su mamá.”

Después acudieron a la Hacienda de Santa Engracia, uno de los espacios ecológicos de la región citrícola de Tamaulipas, entre flores, añosos árboles y aromas de naranjos. En el transcurso de la mañana, un grupo de alumnos de la Escuela Secundaria Múgica de Reynosa, acompañados por la maestra María Luisa Díaz de Guerrero, interpretaron en coro sus poemas.
En aquel momento Sabines tenía 70 años de edad y estaba enfermo. Tres años más tarde, el 19 de marzo de 1999 falleció de cáncer en la Ciudad de México. En el ocaso de su vida, escribió una crónica sobre su estancia en la capital de Tamaulipas, como cien años antes lo hizo Manuel José Othón a su paso por Victoria.
Algo de Sabines sobre Victoria
Sus letras dedicadas a la Perla Tamaulipeca, aparecen en el tomo Apuntes Biográficos de Pilar Jiménez Trejo. “Antes de esos dos recitales raras ocasiones había abandonado mi retiro para ofrecer una lectura ante multitudes, como las de Bellas Artes y la UNAM comenzaron a invitarme a muchos lugares del país y el extranjero. Fui también a leer a Ciudad Victoria, en Tamaulipas; y después a Monterrey, a Tijuana y a Guadalajara, a la feria del libro. Para las ciudades del norte pensé en variarle un poco a los recitales (…).

En Ciudad Victoria, donde la gente no es muy asidua a la poesía, leí Adán y Eva, también porque varias semanas antes de mi visita ya dos señoras habían hecho un recital de mis poemas en el mismo orden en que los leí en Bellas Artes. Fue una presentación previa que preparaba mi llegada organizada y patrocinada por el Club Rotario. Era gente que nunca había leido poesía y se pusieron a hacerlo. Me mandaron un casete muy bonito de lo que hicieron ese dia, y la organizadora me advirtió:
-Fue para prepararlos don Jaime, porque aquí la gente no está acostumbrada a esas cosas. Esa lectura iba hacer un acontecimiento para ellos. Muchas veces antes me había negado a salir, a pesar de recibir varias invitaciones. La señora que me invitó a Ciudad Victoria, de nombre Flor González de Loperena…resultó una persona extraordinaria. era una mujer que movía montañas, vino a verme a mi casa con sus dos hijos.
–¿Cómo dio conmigo? – le dije cuando la vi aquí.
Me contó que hizo como veinte telefonazos hasta conseguir mi número para pedirme una cita. Ese día se presentó con sus muchachotes, casi de mi pelo. unos jovencitos de catorce y diecisiete años, y me dijo:
— Vine con ellos madamás para enseñarles la ciudad de México y a Jaime Sabines.
Como si yo fuera otro monumento de la Ciudad de México, me dio risa y le contesté: “aquí me tiene usted señora”.
Trajo también mis libros, dos recuentos de poemas, uno en pasta dura y otro rústico; además la Poesía en el Corazón del Hombre, que editaron la UNAM y Bellas Artes, Uno es el Poeta, donde Mónica Monsour reunió críticas y ensayos sobre mi obra, (…) y muchas fotografías mías; todo para que yo se los dedicara. Días después me llamó desde su tierra para contarme:
–Todas mis amigas están envidiosa porque tengo los libros autografiados por usted. Aquí en Victoria no hay ninguna librería que tenga un libro suyo. ¿Cómo podemos hacerle?
–Escríbale a Planeta o al Fondo de Cultura para que se los mande — le contesté.
Y lo que hizo fue enviar a alguien que compró diez ejemplares de pasta dura y me los trajo para que se los dedicara. Eran para algunos que iban a participar en el recital, y ella se los regaló. (…) Luego empezó a insistir en que fuera a darles lectura. Otro día me llamó y me dijo:
–Don Jaime, mire, no le podemos ofrecer mucho , pero ¿nos aceptaría treinta y cinco mil pesos?
–Está bien lo que usted diga doña Flor –fue lo único que pude decir–. me dio risa porque esos días vinieron los de Planeta a entregarme un cheque de casi un año de regalías por mi Recuento de Poemas, y ascendía a la maravillosa cantidad de 28 250 pesos con 90 centavos… después me buscaron del Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, y me ofrecieron cinco mil dólares por un recital, me recusé pero cuando acepté el de Ciudad Victoria, dije ahí conecto con Monterrey (…). No conocía ninguna de esas ciudades del norte de México. tampoco Durango, Coahuila …., de Baja California solo Mexicali y Tijuana, y de Hermosillo, Sonora. Estuve dos días en cada lugar, y al sábado siguiente me presenté en la feria del libro de Guadalajara (…). Me llamaron el poeta más popular, sin habérmelo propuesto nunca, (…): pensaba que la gloria mayor de un poeta era ser anónimo , en que la gente supiera mis poemas sin saber quién los había escrito. No creía ser popular fuera un aval de ser buen poeta; mi intención fue siempre ser cada vez más preciso, más claro y más sencillo.”









