Aclarado el lugar de su nacimiento, continuamos con la trayectoria de doña Ignacia. Alrededor de 1840 a edad muy temprana Ignacia se traslada con su familia a San Luis Potosí; posteriormente cuando tenía 8 años de edad fijó su residencia en Matamoros, considerada en esos años la cuna de la intelectualidad tamaulipeca. En el contexto de la Guerra entre México y Estados Unidos, cursó estudios elementales con un matrimonio de maestros de origen alemán, quienes debido a esas circunstancias se vieron obligados abandonar la población fronteriza.
A los pocos años de su matrimonio, su esposo se involucró en asuntos políticos motivo por el cual, su estabilidad económica y social sufrió consecuencias adversas. Su esposo Ismael Piña, realizó actividades administrativas para algún mando militar de aquella época. Por ejemplo, Para 1853 el queretano estaba destacamentado en Matamoros, apoyando a un grupo republicano. Bajo estas circunstancias en 1864 en su calidad de Comisario de Guerra, fue detenido junto con una docena de sus colaboradores de la administración militar, acusados de malversación de fondos. Todos fueron sentenciados a muerte por parte de un Consejo de Guerra, pero Piña recibió el indulto por parte de Maximiliano.
Lo cierto es que Ismael tuvo participación en la Guerra e Intervención de los Estados Unidos en México, de acuerdo al álbum publicado en Nueva York en 1851 que le obsequió al general Porfirio Díaz en 1888. “Debido a a iniciativa de los Sres. D. Miguel Andrade, D. Luis G. Picazo, D. Eugenio Michel y D. Ismael Piña, tiene un valor estimativo especial, pues se trata de un libro en que están consignadas las glorias de muchos de los héroes de aquella guerra.”
Piña Ollal, dedicado a la milicia falleció en México, Distrito Federal en mayo de 1893 debido a un problema de gastroenteritis. Le sobrevivieron su esposa y sus hijos Ismael, José Valente, Trinidad, Francisco de Paula y María Joaquina Josefina Piña Padilla, ésta última originaria de la ciudad de Matamoros, Tamaulipas. El resto de sus hijos nacieron en la capital del país, donde contrajeron matrimonio y desempeñaron en diferentes actividades laborales.
Antología de Poetisas Mexicanas
Respecto a su oficio poético y presencia nacional, en agosto de 1893 se conoció la noticia sobre el libro Poetisas Mexicanas Siglos XVI, XVII, XVIII y XIX Antología formada por encargo de la Junta de Señoras correspondiente de la de la Exposición de Chicago, – Impreso en la Oficina Tipográfica de la Secretaría de Fomento-. El responsable de la edición y antologador fue nada menos que José María Vigil historiador, profesor de la Escuela Nacional Preparatoria y colaborador de la obra maestra México a Través de los Siglos. La iniciativa de rendir homenaje a la poesía femenina correspondió a la tamaulipeca Carmen Romero de Díaz, esposa de don Porfirio.

La obra sería presentada en la Exposición de Chicago para que todo el mundo se enterara desde el período de la conquista al porfiriato “…del grado de cultura de la mujer mexicana, ningún medio más a propósito para lograrlo, que demostrar su progreso intelectual en sus obras de literatura, que, según la conocida frase de Bonald es la expresión de la sociedad, y en el caso presente, sería la imagen de la sociedad femenina de nuestra patria.”
El prólogo de Vigil no tiene desperdicio, debido entre otros elementos a su conocimiento profesional del tema. Se refiere desde luego a Sor Juana Inés de la Cruz, y a la ausencia de poetisas durante el período colonial. O bien las pocas que existían “…carecen de personalidad, pues no es posible adivinar a través de sus versos lo que pensaban o sentían, si bien hay que reconocerles en lo general, cierto grado de instrucción que les señalaba un puesto en nuestra historia literaria.”
Definitivamente el período de finales del siglo XIX, ocupa un sitio importante en esta obra pionera de literatas femeninas, donde se incluye a la tamaulipeca Ignacia Padilla de Piña. En las páginas de la antología además de codearse con la Décima Musa, forma parte de otras célebres poetas seleccionadas como Dolores Jiménez y Muro, Laura Méndez de Cuenca, Esther Tapia de Castellanos, Julia G. de la Peña -matamorense-, Virginia Fábregas y Laureanda Wright de Kleinhans entre otras.
Litografía de Iriarte
En julio 22 de 1888, la edición 33 de la revista Violetas del Anáhuac dedica la portada y una breve semblanza biográfica a Ignacia Padilla de Piña. La espléndida litografía de su retrato corresponde a Hesiquio Irirarte, uno de los pintores e ilustradores más importantes del siglo XIX, quien capta la belleza de la mujer noresteña ataviada con una mantilla negra y mirada triste. Enmarcan el retrato dos adornos de flores, una lámpara de Aladino, tintero con pluma de ave, un libro abierto, una antorcha encendida y al centro una lira.

La directora de la revista Laureanda Wright de Kleinhans, escribió una semblanza donde elogia sus virtudes literarias y afanes hacia su familia, particularmente para sus hijos pequeños que por algún tiempo transitaron. “…en medio de las amargas penalidades de su difícil situación…” Y agrega la periodista “La escritora sigue siendo una de las damas que enaltecen las letras mexicanas, sin dejar de ser por eso la digna esposa y afectuosa madre.”
La tamaulipeca Ignacia Padilla de Piña como el resto de las Violetas del Anáhuac, formó parte de las élites sociales porfirianas, lo cual habla de la inquietud de una minoría de mujeres para promover la literatura y bellas artes, pero sobre todo en visibilizarse en un contexto donde los hombres estaban apoderados de la mayoría de las actividades políticas, económicas y laborales. En este caso no se trataba de un grupo de mujeres periodistas combativas, sufragistas o defensoras de los derechos femeninos de obreras y campesinos; sino de promotoras de la literatura escrita por mujeres.
Con ciertas restricciones, además de mostrar abiertamente un pensamiento crítico respecto a los momentos que vivían, las autoras de la revista fueron las primeras mujeres involucradas en el periodismo. Además, se convirtieron en punta de lanza y montaron el escenario para que otras de sus congéneres se animaran a construir rutas para lograr el derecho al voto, equidad en los códigos penales, participación política y la inclusión en todas las actividades propias del ser humano.
Ayer y Hoy
(Fragmento)
¡Mi juventud! Me acuerdo… ¡Entonces no lloraba!;
tan solo encanto y dicha miraba en derredor;
feliz en aquel cielo tranquila me encontraba,
y toda mi existencia risueña así pasaba
en medio de los goces que destruyó el dolor.
¡Todo era entonces bello! la luna y las estrellas
de aquellas dulces noches, en un espacio azul;
de las nocturnas aves las poéticas querellas;
del sol que se iba hundiendo las moribundas huellas,
y de miradas de astros la rutilante luz.
¡Oh! ¡cómo los recuerdos se llegan a mi mente,
trayéndome con ellos un algo…no sé qué…!
el fuego en que se abrasa mi corazón ardiente,
y toda esa tristeza terrible que se siente
al contemplar perdida la dicha que se fue.
(Las Hijas del Anáhuac/ enero 4 de 1874; Violetas del Anáhuac/México, D.F., marzo 11 de 1888; Periódico El Tiempo, México, D.F., 22 de junio de 1912; Periódico El Siglo Diez y Nueve/septiembre 14 de 1888; Periódico El Siglo Diez y Nueve/agosto 16 de 1893; Periódico El País/23 de junio de 1912; Periódico La Sociedad/marzo 18 de 1864; Periódico La Sociedad/12 de abril/1865; Revista Violetas del Anáhuac/México, D.F., julio 22 de 1888; Poetisas mexicanas. siglos XVI, XVII, XVIII y XIX: antología formada por encargo de la junta de señoras correspondiente de la exposición de Chicago/José María Vigil/México, D.F., /Oficina Tipográfica de la Secretaría de Fomento/1893.)









